Periquillo el de Valdueza

Periquillo el de Valdueza

Artículo de Perico Castejón

Ha muerto el podenquero más grande de todos los tiempos y uno de los mejores hombres que alguien se pueda encontrar en su camino. Periquillo, el que fue perrero del Marques de Valdueza durante 55 años, ha fallecido el pasado 30 de marzo a los 94 años de edad. Se ha ido con su mujer Feliciana a la que tanto quiso y a quien entregó su vida igual que a sus perros y a la familia Valdueza. Realmente no se ha marchado, porque además de permanecer siempre en nuestro corazón, nos deja sus enseñanzas y la historia de su vida en el libro que escribió, “Ecos del Monte”.

Periquillo alcanzó las máximas cotas de éxito en su oficio y se ganó la admiración de los monteros y el respeto de sus compañeros los perreros.  Tenía un enorme talento para entender los perros y era incansable trabajando para ellos. Bajo la dirección de Don Alonso Alvarez de Toledo y Cabaza de Vaca, Marques de Valdueza y posteriormente de su hijo, Don Alonso Alvarez de Toledo y Urquijo, el actual Marques de Valdueza, conformó una rehala única, admirada por todos, cuya clase de perros ha sido reconocida por la Real Sociedad Canina Española como raza genuina de perros de caza mayor. La sangre de estos perros está en gran cantidad de las rehalas españolas.

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Mastinas extremeñas y leonesas cruzadas con podencos ibéricos dieron un producto perfecto al que con posterioridad se añadió sangre de Grifón Nivernés.  Del podenco cogían los vientos, la dicha y la ligereza. El mastín, también con buenos vientos, aportaba la valentía y la resistencia. El grifón Nivernés potenció la tenacidad y la dicha.

En el mundo de la rehala yo no sería nada sin la inmensa ayuda de la familia Valdueza y de Periquillo. En mi primera temporada, yo tenía 18 años, tuve la fortuna de coincidir con Alonso Valdueza y Periquillo en una montería. Me quede impresionado con aquellos perros tan poderosos y tan buenos en el monte. Hice profunda amistad con los dos y desde ese día me apoyaron sin dejar de hacerlo nunca. Me regalaron cachorros, eche un montón de perras a sus sementales, me introdujeron en buenas fincas de montería donde mis perros podían aprender pues siempre había caza. Recuerdo que en ese primer año fui a sus perreras porque me iban a regalar algún cachorro. ¡Me regalaron nueve! Jamás se me olvidará. La floja rehala del primer año cambio enseguida su condición con la incorporación de los Valduezas.

En la montería, lo que más me gustaba era ir al lado de Periquillo, y observar y preguntar. Lo abrasaba a preguntas. Al terminar la montería, yo en general recogía bien y cuando a Periquillo le faltaban perros le acompañaba siempre a buscarlos y seguía preguntando y preguntando sin parar. Siempre me aconsejo en todo, para mi fue como un segundo padre.

De Periquillo aprendí muchas cosas, de campo, de perros y de vida. Hombre de gran modestia, siendo el numero uno, nunca se lo creyó. Era generoso, muy trabajador, leal con todos, no tenia enemigos, y una enorme inteligencia natural. Periquillo no pudo ir a la escuela, las cuatro reglas las aprendió el solo con mucho esfuerzo. Periquillo es esa persona de inmenso talento para lo suyo que destacó por encima de todos y que desde la modestia se supo ganar el cariño y el respeto de todos.

En aquella época, Periquillo no contaba con los medios de hoy, pero él lo suplía con su esfuerzo y sabiduría. Tenía a Feliciana, su mujer, a la que tanto quería y que tanto le ayudaba con los perros cuidándolos cuando él monteaba y estando ahí, apoyando siempre al hombre. Feliciana tuvo mucho que ver en el triunfo de Periquillo. Feliciana se fue demasiado pronto, pero desde el cielo sigue estando entre nosotros y su espíritu se siente como si no se hubiera ido.

Periquillo tuvo dos hijos, Mari Carmen, maravillosa mujer, y Pedro Antonio, conocido como “Castrortega”, que es como firma sus lienzos y esculturas. Pedro Antonio hizo la carrera de bellas artes otorgándole el premio extraordinario fin de carrera, también ganó, entre otros, el prestigioso premio Blanco y Negro.

Como he dicho Periquillo fue como mi segundo padre. Me acogió con 18, llevándome acollerado muchos años. Después de su jubilación hablábamos cada semana, de todo, de perros y de vida. Mis hijos lo querían mucho, porque lo habían conocido y porque sabían lo que yo lo quería.

El libro que escribió Periquillo, Ecos del Monte, se lo recomiendo a todo el mundo. A quienes les gusta el mundo de la montería y la rehala y a quienes les gusta una historia de supervivencia.

Dice Castrortega en la introducción del libro: En este libro, mi padre bucea en su infancia y desvela los valores que nunca le abandonaran, el amor a la familia, el esfuerzo por sobrevivir, el trabajo bien hecho como objeto primordial, y sobre todo la fidelidad al ser humano y al compromiso con la naturaleza.

Sigue Castrortega: Mi padre nace en los montes de Toledo, en una finca de caza, y desde niño es lo que aprende, la perdiz y el conejo, el ciervo y el jabalí son sus amigos y a la vez es su objetivo como cazador. Observa y respira con los animales, se mimetiza con el monte, el rio es su amigo, y el perro, sobre todo el perro se convierte en su compañero de viaje. Los juegos de infancia los comparte con los perros, todos son cachorros que disputan el espacio vital, y todos aprenden de todos, por esto los conoce como nadie. Un tiempo después los educa, les enseña como cazar, los observa, selecciona sus cualidades y los instruye hasta darles un contorno propio, sangre, latido y corazón, en una palabra, «PERROS VALDUEZA».

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 Periquillo que escribía en prosa y verso menciona en su libro:

“En el campo nací yo, y no me avergüenzo de ello, la propia Naturaleza me sirvió de un buen maestro, y me enseñó mucho bueno, especialmente el respeto. Y entre la Naturaleza, como una planta de campo, fue donde yo fui creciendo, y siento pasión por ella, por la caza, y por los perros, y todos los pajarillos, porque me crie como ellos, subiéndome a las encinas, saltando de risco en risco, corriendo por las laderas y llegando a lo más alto acompañando a los perros. Jamás conocí un colegio, me faltaron estos medios, de los que ahora disponemos, con los que siempre soñé, me quedé con los deseos. De niño no pude hacerlo, y después no tuve tiempo, y lo poco que aprendí, fue por mi gran esfuerzo”.

Sigue hablando sobre su infancia:

Desde que era pequeño, mi obsesión eran los perros. Y aprendí a andar con ellos, agarrándome a sus pelos. Cuando tenía seis años, ya cuidaba unas cabritas, y me acompañaban ellos. Aquella pareja de perros, jamás me dejaban solo, ellos eran mis amigos y mis fieles compañeros. Y entre la naturaleza, siempre les estaba hablando. Ellos no podían hacerlo, pero movían el rabo, y veía en su mirada, lo bien que me comprendían».

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Y continua:

 “Cuando cumplí los diez años, vino la guerra civil, de agravios y enfrentamientos, que nos amargó la paz, a la que tanto queremos. Y las fincas las incautaron. Mi padre perdió el trabajo, como también perdió el sueldo, y nos marchamos a Horcajo, y hubo que pasar de todo, pero nada de ello bueno, incluso de enfermedades, que nos fueron persiguiendo. Cuando tenía doce años, mis dos hermanos enfermos, el más grande y el pequeño. Mi padre se lo llevaron, para hacer fortificaciones, como si fuese un guerrero. Yo me quedé de cabrero. Más de doscientas cabezas, cuidaba de noche y día. La Solana del Gavilán, y Los Rasos de Naval Aceite, fueron testigos de aquello. Cuantas noches yo pasé, chorreandito hasta los huesos, sin poder encender fuego, bajo una pequeña lona, con dos pequeñitas mantas. Cuantas noches yo notaba, que aquel frío tan intenso, me congelaba los huesos, y se iba haciendo mi dueño. Me quería poner de pie, pero no podía hacerlo. La pobre de mi madre, antes de pintar el día, se venía desde Horcajo. Aunque el camino era largo, lo hacía en muy poco tiempo. En vez de venir andando, solía venir corriendo, por el miedo que sentía. Traía en su pensamiento, el que uno de esos días, podía encontrar mi cuerpo, congelado por el frío, sin poder poner remedio. Cuando llegaba y me veía, volvía a coger aliento, me preparaba las cosas, y se marchaba otra vez, a cuidar de los enfermos. Se la veían las lágrimas, aunque no quería hacerlo, para darme más consuelo. Yo me quedaba llorando, tal y como confieso.

Y sigue hablando de esos días:

 “Cuando terminó la guerra, con la mirada en el cielo, Dios estuvo con nosotros, y nos reunimos todos. Y nos fuimos reponiendo, los buenos y los enfermos. Otra vez a Piedrabuena. Mi padre volvió a su puesto, con treinta duros al mes, que cobraba como sueldo. Yo con solo trece años, me dediqué a coger conejos, como ayuda al presupuesto.

Y me puse de perrero, con una peña de cazadores del pueblo. Cada uno tenía un perro. Los días que se cazaba, por la mañana temprano, yo me hacía siete kilómetros, desde la finca hasta el pueblo, y recogía los perros, y por la noche otra vez, siete kilómetros de regreso. Y solo por afición, aquí no había dinero, solo una parte de carne, el día que se mataba. Esos días eran los menos».

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Periquillo, por el parecido entre ellos, compara los toros de lidia y los perros de rehala y dice:

“Los perros para rehala, han de tener varias cosas, igual que el toro en el ruedo, y si no,  no serán buenos; nervios, presencia y nobleza, no rehuir la pelea, regar de sangre las jaras, igual que el toro la plaza, abrirse mucho en el monte, que disfruten los monteros, y si hay un enfrentamiento, entre un verraco y sus perros, lo resolverá el perrero, demostrándose a sí mismo la capacidad para ello, igual que lo hace un torero, si un toro le sale malo, y es capaz de hacerlo bueno, y cortarle los trofeos, demostrando a los demás, su valor jugándose la vida, para complacer a aquellos, que confiaron en él, para hacerse un buen maestro. Lo mismo son los perreros, que todos no somos malos, ni tampoco todos buenos».

Hablando de sus perros:

“Yo cazaba mucho solo, con veinte o con treinta perros, que es como se ven los perros, si son malos o son buenos y daba gusto de verlos, valientes con los marranos, y dando la vida en ello. 

Había muy pocos guarros, pero eran más peligrosos, que los que ahora tenemos, porque eran guarros muy viejos, que luchaban con los lobos, y luchaban con los perros, y cierto es que los Valdueza siempre pudieron con ellos. 

Eran capaces de todo, no les vi nunca agotados, ni en invierno ni verano, a estos perros noche y día, de lucha y de sufrimiento. Y muchas horas de sueño, tuve que pasar con ellos.

En los perros de rehala, tengo mis conocimientos, porque fueron muchos años, los que les dediqué a ellos, y pasaron por mis manos, todas las razas de perros, pero ninguno como ellos, ni en valientes, ni en lo bueno, lo digo como lo siento.

El saber jamás se alcanza, siempre se sigue aprendiendo, hasta que mueres de viejo».

Tras su jubilación decía:

“Mis más de sesenta años, de profesión de perrero, se los dediqué a los perros, y a los propietarios de ellos. Los Marqueses de Valdueza, pueden sentirse orgullosos, de su rehala de perros, y la fama que cogieron, yo me despedí contento, después de tantos años, llevando las riendas de ellos.

Al actual Marqués de Valdueza, a sus hijos y a sus nietos, un abrazo muy sincero, por haberme permitido, estar tanto con ellos, intentando ser perrero».

 Sigue con sus recuerdos:

«Después de toda mi vida, noche y día con los perros, me llevo como recuerdos: desengaños, emociones, alegría y sufrimientos. Eché lágrimas por ellos, cuando grandes jabalíes, mataban algunos de ellos, siempre fueron los mejores, los que no tenían miedo.

Cuando no había camiones, se llevaba en el morral las cosas imprescindibles para cualquier emergencia, también iba la merienda y la botella de agua, y las colleras de los perros, se juntaba tanto peso, que te dolía la espalda, de soportarlo continuo, todas las horas del día, subiendo y bajando cerros, y hasta llegar a la suelta, la mayoría de los días, se hacían ocho o diez quilómetros.

Era duro ser perrero, también los había muy cómodos, que no llevaban de nada, y si algo les ocurría, te venían a llamar para curarles los perros. Fui generoso con ellos, aunque luego te pagasen con si te vi no me acuerdo. Pero me siento orgulloso de hacer todo cuanto pude por los demás compañeros, conmigo también lo hicieron, porque los hubo muy buenos, igual que los sigue habiendo».

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Hablando de la dureza de antes:

«Entonces las monterías, no se hacían con camiones, se hacía todo a caballo con los perros acollerados que te venían siguiendo.

La mayoría de las veces, cuando salías de casa, llevabas un rumbo incierto, que después te iban cambiando, sin saber de la familia, no existían ni teléfonos, y regresabas a casa a los diez o doce días.

Feliciana cuidaba los perros que quedaban de reserva, y curaba a los heridos, y trataba a los enfermos, y los cachorritos pequeños. Entonces no había piensos de los que disponen ahora, solo harina de cebada para grandes y pequeños, que se solían criar, con una poca de harina, y un poco de tu comida, que se la mezclabas a ellos».

Sobre los agarres decía:

La Dehesilla y los Medranos, solían ser puntos clave, para guarros solitarios, solos o con escudero.

Cuantos guarros de medalla, agarraron estos perros, que se enfrentaban a ellos, y cuantos perros heridos, y también algunos muertos, que si los perros no agarran, no valen para moverlos.

El primero que cogieron, me pillaba un poco lejos, y cuando ya iba llegando oí disparar un tiro, y aflojar entonces los perros, y al momento de llegar, vi aquel hombre inexperto, que estaba caído en el suelo, llegó pegando a los perros, y después pegando un tiro, el guarro se le arrancó, le puso patas arriba, le abrió una brecha en la ingle, que a poco le corta esos. El tiro se le escapó, y por suerte no mató perros. Se lo llevaron al médico, y fue tan fuerte el escarmiento, que no volvió más a un ojeo.

El disparar en un agarre, jamás se debe de hacerlo, ni el pegarles para que huyan y así poder abrir fuego, el remate es a cuchillo para el que sepa de hacerlo, y el que no sepa no vaya, ya llegará algún perrero.

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Sobre las malas rehalas y los malos perreros decía:

Fieles a la montería

fieles a los monteros

y fieles a los compañeros

mejoremos las rehalas

la calidad de los perros

y no admitamos aquellos

que van manchando la imagen

de tantas buenas rehalas

y tantos perreros buenos.

 

A un agarre solo irá

aquel que le corresponde

los demás quedarse quietos

hasta que vuelvan los perros

aquel que así no lo hace

y entra en la mano del otro

tiene poco de perrero.

 

Sobre los monteros expresaba:

Los que seamos monteros

sí lo somos de verdad

tenemos la obligación

de enseñar a los demás.

El mérito de un buen montero

no es el de matar la caza

sino el saberla apreciar

hemos de saber amarla

y saberla respetar.

Esto es lo que un buen montero

debe saber de verdad

el que no practique esto

de montero no tiene na

solo será un carnicero

que no sabe disfrutar

del sabor que da la caza

si se sabe saborear.

Lo bonito desde un puesto

es el poder contemplar

en la barrera de en frente

una rehala cazar.

Los perros de mata en mata

y conseguir encontrar

la res que están persiguiendo

hasta hacerla de saltar

y cuando llega a tu puesto

debes saber elegir

si la debes respetar

o la debes de matar.

 

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Siempre presente Feliciana su mujer a la que tanto quiso:

Desde el cielo mi ilusión

de volver con Feliciana

a la que ame con locura

a la que siempre fui fiel

y allí junto con ella

volveré a revivir

la felicidad de antaño

los amigos y los perros.

Aquí se despide un amigo

que siempre quiso a los demás

teniéndolos presente en la tierra

teniéndolos presente en el cielo.

 

Tras su fallecimiento me ha llamado mucha gente conociendo el cariño que sentía por él.

Unos lo habían conocido en persona, otros por su leyenda compartida entre monteros y podenqueros.

Es ley de una sociedad justa reconocer a las personas que destacan por su dimensión humana y profesional. Periquillo tiene ese reconocimiento. Entre los que le conocimos permanecerá su espíritu y para los demás queda la leyenda trasmitida de uno a otros y su libro.

Periquillo, hasta cuando el destino nos lo tenga preparado. Un abrazo eterno. Perico Castejon, tu discípulo.

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