PERDICES A RABO

PERDICES A RABO

Juan Antonio Sarasketa. Presidente de Honor de la ONC y presidente de ADECAP

Próxima la desveda de la perdiz, el perro adquiere un protagonismo especial. Resulta imprescindible en esta modalidad, a tal extremo que el nivel venatorio del dueño suele estar condicionado por la destreza del animal. La formulación tradicional se las trae: “Dime qué perro tienes y te diré lo cazador que eres”. Y no precisamente por la raza o coste del animal, sino por la educación que el aficionado ha sabido transmitirle. Y eso, que, a veces, son estos animales excepcionales quienes enseñan a cazar a muchos zotes.

El perro nace cazador y, con el tiempo, sus instintos primigenios se van adaptando a las exigencias de su dueño. En manos de algunos aficionados, no hará más que correr de un lado para otro, levantando piezas de caza y dando lugar a que el dueño se desgañite como un energúmeno. ¡Menuda imagen la de estos sesudos e ilustres personajes desencajados en medio del rastrojo!

El cariño es imprescindible para que exista entendimiento mutuo. Pocas sensaciones son comparables a esta peculiar convivencia, tanto en los momentos difíciles de la caza como en los más agradables: ver cómo tiembla el animal de cabeza a rabo, paralizado por los efluvios que percibe hasta que salta la pieza; verle dejar las muestras rotas cuando se le demanda, obedeciendo como un autómata, con humildad de súbdito a señor; descubrir en los ojos de nuestro compañero una mirada de reproche cuando fallamos el tiro y la pieza escapa… También esto es ser cazador.

Difícil es concebir la caza deportiva en la actualidad sin la compañía de un perro enseñado. El lance que proporciona el perro de muestra constituye un espectáculo fascinante por su grandeza. Por eso debemos ser pacientes con los animales; sobre todo, con los jóvenes. Entre el mundo de olores que captan cuando salen al campo, enseñémosles a diferenciar los que nos interesan.

Recompensemos con una palabra o una caricia el trabajo bien realizado. Y, cuando estén bien adiestrados, dejémosles cazar a su aire, en corto, para que nos deleiten con todo su poder. Matando más o menos piezas no conseguimos nada. Lo importante es disfrutar del perro y del ritual que conlleva este arte. No es poco para quien sepa entenderlo.

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